El estandarte Guadalupano que enarboló el cura Miguel Hidalgo y Costilla al iniciar la gesta de Independencia y que plasma la sagrada imagen de la Virgen Santa María de Guadalupe impresa en la tilma de Juan Diego, representa mucho más que un objeto de devoción religiosa.
Es un emblema fundacional de la mexicanidad, una bandera espiritual y patriótica que ha unido a millones a lo largo de los siglos, simbolizando la síntesis cultural entre lo indígena y lo hispano, la resistencia y lucha ante la opresión y la esperanza colectiva.
1810 año en el que Miguel Hidalgo hizo del estandarte un símbolo de independencia
En un país marcado por su diversidad étnica y su historia convulsa, esta imagen se erige como un estandarte de cohesión nacional, protector y motivador, cuya relevancia perdura en la vida cotidiana, política, religiosa y cultural de México.
En tiempos de polarización, el estandarte Guadalupano nos recuerda la capacidad de nuestro país para forjar unidad desde la diversidad.
No es solo historia: es un llamado a la fraternidad, la justicia y la identidad compartida.
Mientras el estandarte permanezca entre nosotros, México seguirá encontrando su emblema espiritual más poderoso: un símbolo que ondea en el alma colectiva, guiando hacia un futuro de unidad, amor al prójimo y cooperación.
Por: Lic. Simón Vargas Aguilar
Recordemos la frase del Papa San Juan Pablo II, con respecto al nacimiento de Jesús de Nazaret, la cual dice: «Que el fulgor de tu nacimiento ilumine la noche del mundo. Que la fuerza de tu mensaje de amor destruya las asechanzas arrogantes del maligno».
Y es que ante una época tan difícil como la que enfrentamos es cada vez más necesario recordar su mensaje y la importancia del amor al prójimo.
Nuestro país atraviesa momentos complejos: la inseguridad se ha convertido en un tema que lacera a la sociedad, el número de desapariciones continúa creciendo, la economía podría enfrentar situaciones críticas, el desbasto de medicinas aumenta, la crisis en el sector salud empeora, nuestra relación con Estados Unidos se tensa cada día más y la polarización sigue avanzando, sólo por mencionar algunos temas.
Es por ello que este 2026 es necesario trabajar mancomunadamente y velar por nuestro crecimiento personal y por la reestructuración del tejido social, porque aunque la paz se ha convertido en un objetivo difícil de alcanzar estoy convencido que si actuamos juntos será una labor más fácil de alcanzar.
¡Feliz año nuevo!
Por: Lic. Simón Vargas Aguilar
En el mundo y en particular en México, la violencia no es un titular efímero, sino una plaga que ha roto el tejido social.
Y es que desde hace décadas hemos sido testigos de la forma en la que este mal ha transformado comunidades en zonas de guerra invisible.
Según el Índice de Paz México 2025, la tasa de homicidios ha escalado un 54.7% desde 2015, impulsada por el auge de delitos con armas de fuego, que crecieron 71.2% en el mismo periodo.
Este fenómeno no discrimina edades y tristemente acaba con los sueños de niñas, niños y adolescentes; en nuestro país, seis de cada diez niños sufren violencia por parte de padres o maestros, normalizando el terror desde la niñez y los homicidios de menores escalan día con día.
Ante esta oscuridad, el Papa León XIV, en su reciente Ángelus del 21 de septiembre, clama con urgencia: «No hay futuro basado en la violencia, en el exilio forzoso ni en la venganza».
Sus palabras, dirigidas a Tierra Santa pero universales, nos llaman: México debe invertir en programas de prevención, impartición de justicia y oportunidades para todos.
Si ignoramos este llamado, la violencia no solo crecerá; devorará el alma de la sociedad.
Por: Lic. Simón Vargas Aguilar
“Escribir un libro es sembrar con esperanza”, mencionó Monseñor Domingo Díaz Martínez, arzobispo emérito de Tulancingo, durante la presentación de “Nuestros apodos. Lecciones de un camino compartido”, el pasado viernes 14 de marzo.
Leer en estas páginas sus recuerdos, vivencias, pero sobre todo anhelos, nos invitan a continuar trabajando, a comprometernos con una Iglesia viva, con la creación de una comunidad donde la fe, la esperanza y el amor al prójimo no sean sólo ideales, sino realidades.
Vivimos momentos complejos donde la violencia y barbarie con que actúan los criminales se ha convertido en una de muchas crisis a las que tenemos que hacerles frente, por lo que hoy tenemos que unirnos; es justamente este el mensaje de Monseñor Domingo: “Necesitamos ser una Iglesia más unida, una Iglesia más convencida”.
Lo mencionado en otras ocasiones, pero estoy convencido que aunque aún queda mucho camino por recorrer; sin embargo, la misión de la Iglesia está en la comunión, en el diálogo, en la fraternidad y en la sinodalidad, componentes que nos ayudarán a reestructurar el tejido social y a ver el futuro con mayor esperanza.
Hoy como bien lo dijo Monseñor Domingo, seamos una Iglesia viva.
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