Por: Mons. Juan Pedro Juárez Meléndez
Este Año Jubilar ha sido un tiempo favorable para renovar nuestra fe, sanar nuestras heridas y reavivar en nosotros la llama de la esperanza cristiana.
A lo largo de estos meses, parroquias, comunidades religiosas, movimientos, asociaciones, familias, profesionistas, jóvenes, ancianos y enfermos han vivido una experiencia de encuentro con Jesús: camino de conversión, reconciliación, comunión y misión.
Este Jubileo ha sido una invitación de volver a lo esencial; recordar nuestra vocación universal a la santidad: ‘Sean santos como el Padre celestial es Santo’.
“Las peregrinaciones a los lugares asignados para ganar la indulgencia plenaria, las celebraciones litúrgicas, los gestos solidarios y las iniciativas pastorales han sido signos visibles de una Iglesia que desea renovarse por el Espíritu Santo”
El lema que nos ha acompañado, Peregrinos de esperanza, ha resonado con especial fuerza en el actual contexto histórico de nuestra patria.
El Jubileo nos ha recordado que la esperanza cristiana no es optimismo superficial ni evasión espiritual, sino una virtud teologal que nace de la certeza de que Dios cumple sus promesas y nunca abandona a su pueblo.
Peregrinar ha significado para nosotros aceptar que no tenemos resuelto todo, que necesitamos de Dios y de los hermanos, y que necesitamos caminar hombro con hombro para reconstruir el tejido social desde y con la familia.
Hoy cerramos la Puerta Santa, pero la puerta que realmente importa y debe permanecer abierta es la de nuestro corazón.
El corazón misericordioso de Dios siempre permanece abierto, no se cierra la gracia de Dios, pues haber cruzado varias veces la Puerta Santa fue un don y ahora convertirnos en puertas abiertas para los demás es nuestra misión.
El Jubileo se clausura, pero la misión continúa, ahora se nos confía la tarea de encarnar la esperanza en la vida ordinaria de nuestras comunidades.
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