Por: Sem. Diego Sánchez
Celebramos con gran alegría la festividad de San Felipe de Jesús, patrono de la casa de formación el Seminario Diocesano San Felipe de Jesús, corazón de nuestra amada Diócesis de Tula.
Cada año, como familia Seminario, nos reunimos las tres casas de formación para pedir a San Felipe de Jesús que interceda por la vocación de cada uno de nosotros y de muchos jóvenes que tienen inquietud por la vida sacerdotal, pero ¿quién es San Felipe de Jesús?
San Felipe de Jesús, mejor conocido como “Felipe de las Casas”, nació en la Ciudad de México en 1572; un joven inquieto, distraído por los placeres del mundo.
ANÉCDOTA
Había una higuera seca en el patio de su casa donde vivía, que cuando su nana, harta de sus travesuras, decía: “¡Ay, Felipe! Tú serás santo cuando esa higuera reverdezca”; lo curioso es que, según, la higuera floreció el día de su martirio.
Después de un intento fallido de entrar a la orden de los franciscanos en México, donde se salió porque no aguantó la disciplina, su padre lo envió a Manila, Filipinas, para que se dedicara al comercio.
Allí vivió una vida de lujos y placeres por un tiempo, hasta que sintió un vacío espiritual profundo; después reingresó a la Orden Franciscana en Manila y se entregó por completo a la fe y al cuidado de los enfermos.
En 1596, Felipe zarpó de regreso a México para ordenarse sacerdote; sin embargo, una tormenta desvió el galeón hacia las costas de Japón, donde el ambiente político era hostil hacia los cristianos.
Aunque era un náufrago y no estaba predicando allí, decidió no abandonar a sus hermanos franciscanos, por lo que fue arrestado junto a otros 25 compañeros; el 5 de febrero de 1597 fue colgado en una cruz y sus últimas palabras fueron: “Jesús Jesús Jesús”.
San Felipe de Jesús ha inspirado a muchos jóvenes que deseamos consagrar nuestra vida a Dios a lo largo de 62 años que lleva nuestro Seminario de su inicio.
“Mons. José Jesús Sahagún de la Parra, primer obispo de Tula, decidió nombrar a San Felipe de Jesús como patrono del Seminario, primero del Menor y posteriormente de todas las casas formativas”.
Él tenía la inquietud de que fuera un sacerdote o un santo joven como Felipe y además que fuera mexicano, es así que se elige a San Felipe de Jesús, por ser joven, mexicano y además mártir.
Ya que al ser un joven que decidió convertirse, entregarse y consagrar su vida a Dios, era una figura que podía inspirar a los jóvenes seminaristas a tenerlo como patrono, modelo de conversión y entrega.
Celebramos a nuestro santo patrono del Seminario y le pedimos que interceda por todas las familias y sobre todo por nuestro Seminario, equipo formador y seminaristas
¡San Felipe de Jesús, ruega por nosotros!
Este Año Jubilar ha sido un tiempo favorable para renovar nuestra fe, sanar nuestras heridas y reavivar en nosotros la llama de la esperanza cristiana.
A lo largo de estos meses, parroquias, comunidades religiosas, movimientos, asociaciones, familias, profesionistas, jóvenes, ancianos y enfermos han vivido una experiencia de encuentro con Jesús: camino de conversión, reconciliación, comunión y misión.
Este Jubileo ha sido una invitación de volver a lo esencial; recordar nuestra vocación universal a la santidad: ‘Sean santos como el Padre celestial es Santo’.
“Las peregrinaciones a los lugares asignados para ganar la indulgencia plenaria, las celebraciones litúrgicas, los gestos solidarios y las iniciativas pastorales han sido signos visibles de una Iglesia que desea renovarse por el Espíritu Santo”
El lema que nos ha acompañado, Peregrinos de esperanza, ha resonado con especial fuerza en el actual contexto histórico de nuestra patria.
El Jubileo nos ha recordado que la esperanza cristiana no es optimismo superficial ni evasión espiritual, sino una virtud teologal que nace de la certeza de que Dios cumple sus promesas y nunca abandona a su pueblo.
Peregrinar ha significado para nosotros aceptar que no tenemos resuelto todo, que necesitamos de Dios y de los hermanos, y que necesitamos caminar hombro con hombro para reconstruir el tejido social desde y con la familia.
Hoy cerramos la Puerta Santa, pero la puerta que realmente importa y debe permanecer abierta es la de nuestro corazón.
El corazón misericordioso de Dios siempre permanece abierto, no se cierra la gracia de Dios, pues haber cruzado varias veces la Puerta Santa fue un don y ahora convertirnos en puertas abiertas para los demás es nuestra misión.
El Jubileo se clausura, pero la misión continúa, ahora se nos confía la tarea de encarnar la esperanza en la vida ordinaria de nuestras comunidades.
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