Por: Lic. Simón Vargas Aguilar
En el mundo y en particular en México, la violencia no es un titular efímero, sino una plaga que ha roto el tejido social.
Y es que desde hace décadas hemos sido testigos de la forma en la que este mal ha transformado comunidades en zonas de guerra invisible.
Según el Índice de Paz México 2025, la tasa de homicidios ha escalado un 54.7% desde 2015, impulsada por el auge de delitos con armas de fuego, que crecieron 71.2% en el mismo periodo.
Este fenómeno no discrimina edades y tristemente acaba con los sueños de niñas, niños y adolescentes; en nuestro país, seis de cada diez niños sufren violencia por parte de padres o maestros, normalizando el terror desde la niñez y los homicidios de menores escalan día con día.
Ante esta oscuridad, el Papa León XIV, en su reciente Ángelus del 21 de septiembre, clama con urgencia: «No hay futuro basado en la violencia, en el exilio forzoso ni en la venganza».
Sus palabras, dirigidas a Tierra Santa pero universales, nos llaman: México debe invertir en programas de prevención, impartición de justicia y oportunidades para todos.
Si ignoramos este llamado, la violencia no solo crecerá; devorará el alma de la sociedad.
Por: Obispos de México
Como pastores tenemos el deber de hablar con claridad sobre la realidad de nuestro país; no lo hacemos desde una posición política ni partidista, sino desde la responsabilidad que se nos ha confiado como servidores del Evangelio.
“Vivimos tiempos difíciles, la violencia se ha vuelto cotidiana: ese cáncer del crimen organizado que padecemos desde hace años ha extendido sus tentáculos a muchos rincones del país”.
No podemos ser indiferentes ante el sufrimiento de nuestro pueblo, no podemos permanecer neutrales cuando está en juego la dignidad de las personas; nuestra misión de anunciar el Evangelio nos exige anunciar la verdad con amor.
En estos tiempos observamos con preocupación cómo algunos discursos públicos construyen una narrativa que no corresponde a la experiencia cotidiana de millones de mexicanos.
Nos dicen que la violencia ha disminuido, pero muchas familias que han perdido seres queridos o poblaciones enteras que viven con miedo constante experimentan otra realidad.
Nos dicen que se combate la corrupción, pero ante casos graves y escandalosos no se percibe la voluntad de esclarecerlos, por lo que prevalece la impunidad.
“Sacerdotes, religiosas, agentes de pastoral, incluso algunos políticos han sido amenazados y asesinados ante la impotencia ciudadana; sentimos el dolor por todos aquellos que buscando el bien han sido sacrificados”.
Nos dicen que la economía va bien, pero muchas familias que no pueden llenar su canasta básica y muchos jóvenes que no encuentran oportunidades de trabajo, nos hacen ver que esto no es verdad.
Nos dicen que se respetan las libertades, pero quienes expresan opiniones críticas son descalificados y señalados desde las más altas tribunas del poder.
Nos dicen que somos el país más democrático del mundo, pero la realidad es que hemos visto cómo han comprometido los organismos y las instituciones que garantizaban la auténtica participación ciudadana para concentrar el poder arbitrariamente.
† La Iglesia condena los homicidios de personas que han levantado la voz
Por: Obispos de México
El asesinato de Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, que abiertamente desafió el estado violentado que se vivía en su municipio, se suma a una serie de asesinatos de personas que se han atrevido a levantar la voz y enfrentar la falta de Estado de Derecho en sus tierras, comercios y otros espacios.
Hoy ya no basta aprehender al asesino: hay que combatir con determinación la causa de todos estos asesinatos.
La presencia ordinaria de grupos armados, que controlan la vida pública de los ciudadanos en varias regiones del país, es el verdadero crimen a enfrentar; los retenes en carreteras, el despojo de tierras, las amenazas constantes a los productores, comerciantes y gobernantes, reflejan un grave debilitamiento del orden constitucional que los gobiernos, a nivel municipal, estatal y federal están obligados a garantizar.
Como Iglesia seguimos caminando cercanos a nuestros pueblos: sacerdotes, religiosas y agentes de pastoral, aún en medio de contextos marcados por la violencia, permanecen fieles a su misión de anunciar el Evangelio, acompañar a las comunidades y abrir caminos de esperanza.
La entrega silenciosa y valiente de estas personas es un signo vivo de la presencia de Cristo en medio de su pueblo, recordándonos que la luz nunca se extingue frente a la oscuridad.
Llamamos a todos los mexicanos que están provocando esta violencia fratricida a detenerla y respetar la vida de todos, pues cada hermano es un don de Dios del que se nos pedirán cuentas cuando estemos ante El: "Caín, ¿dónde está tu hermano?" (Gn 4,9).
Nadie nació para hacer el mal y nadie encontrará su camino de felicidad transgrediendo la dignidad de su prójimo.
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