† Cuando quien legisla pierde el horizonte de su grandeza, de su sacralidad y de su dignidad
«Para la Iglesia, enseñar a los pobres era un acto de justicia y de fe. Inspirada en el ejemplo del Maestro, que enseñaba a la gente las verdades divinas y humanas, la Iglesia asumió la misión de formar a los niños y a los jóvenes, especialmente a los más pobres, en la verdad y el amor» (Papa León XIV).
Si por verdad entendemos la adecuación del intelecto con la realidad y si por amor coincidimos en la capacidad de darse, de donarse, solo el ser humano hace conscientemente de su ser y de su hacer actos verdaderos de amor y puede amar en la verdad porque él es lo más cercano a Dios, y aunque creado, también es engendrado y llamado a trascender.
Tristemente nos vemos acechados por formas de un pensamiento relativista, así como de una cosificación antropológica, donde los programas digitales son nominados “inteligencia”.
Los animales cobran sentido de semejanza humana como los “perrijos”; donde una jugada de gallos y una corrida de toros es un crimen, en tanto el aborto es decisión sanitaria.
Cuando quien legisla pierde el horizonte de su grandeza, de su sacralidad y por tanto de su dignidad, entonces surge el crimen de la despersonalización que legitima la cultura del descarte, que hace de la obra de sus manos su propia deidad y da paso a la aridez social creando un panorama de muerte. ¡Formemos en la verdad y forjemos en el amor.
Dios demanda un ayuno que supera el rito y da paso a la presencia y acción social
Dice Alberto Nolan, O.P., teólogo: “Dios está enojado por el intolerable sufrimiento que se inflige a tantos seres humanos por parte de un sistema que Él aborrece y detesta. Es Dios quien está siendo crucificado y contra quien se está pecando” (Dios es Sudáfrica, Ed. Sal Terrae, p. 193).
Más allá de juzgar si Dios se enoja o no se enoja, bien vale la pena reflexionar sobre el momento histórico de nuestro mundo y nuestra patria, donde los grandes discursos, homilías y frases bonitas permean el panorama social, pero desafortunadamente un amor discursivo es voz que se pierde sin siquiera tocar el horizonte donde cielo y tierra.
Pues refiere a Dios amor, pero se participa de formas herméticas y excluyentes; se enfatiza el gran elenco de leyes que salvaguardan los derechos humanos, pero sin oír a las víctimas, mostrando indiferencia a las ondas heridas por los abusos, injusticias, chantajes, extorsiones… porque se pone a los pobres como titulares de discursos y pancartas, pero víctimas de la no presencia, no asistencia y no inclusión.
“Los grandes discursos, homilías y frases bonitas permean el panorama social, pero desafortunadamente un amor discursivo es voz que se pierde sin siquiera tocar el horizonte donde cielo y tierra”.
Dios demanda un ayuno que supera el rito y da paso a la presencia y acción social; Dios demanda pasar del discurso a la presencia, donde el amor afectivo se hace efectivo abrazando nuestra realidad psicosomática, donde los anhelos de cielo se hacen palpables en la tierra, en nuestra historia.
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