La Semana Santa siempre ha sido un tiempo privilegiado de reflexión, de detenerse ante el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo
En estos días debemos mirar hacia adentro, contemplar el sufrimiento redentor y renovar la esperanza en la victoria de la vida sobre la muerte.
Pero en el México de hoy, marcado por el dolor colectivo, esta reflexión no puede quedarse solamente en lo íntimo ni en lo litúrgico, debe cobrar vigencia urgente y convertirse en compromiso concreto.
Es momento de dar acompañamiento real a las madres buscadoras que recorren fosas y caminos en busca de sus hijos desaparecidos, cargando un luto que no termina.
Hay que escuchar a quienes claman justicia, a los que han perdido su empleo, a los enfermos sin acceso a atención médica digna ni medicamentos, a los que sufren violencia o abandono.
La Semana Santa nos recuerda que Cristo se identificó con los que sufren: «Tuve hambre y me disteis de comer, estuve preso y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36).
Por eso, el acompañamiento no debe limitarse al apoyo moral o a una oración distante; debe traducirse en acciones tangibles.
Como dijo el Papa León XIV en su mensaje cuaresmal: «Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados».
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