† Es el Señor quien nos recuerda que estas prácticas no deben hacerse para ser vistos, sino en lo secreto, donde el Padre ve y recompensa
Con gran alegría, espíritu de fe y esperanza me dirijo a ustedes en esta Cuaresma, tiempo de conversión, «tiempo favorable» y «día de salvación» (cf. 2 Co 6,2).
La Iglesia, con amor maternal, nos invita a vivir un camino de conversión para renovar nuestra vida bautismal y disponernos a celebrar con el corazón purificado el misterio pascual de Cristo.
El Papa León XIV, en su mensaje para la Cuaresma de este año, nos recuerda que, en este tiempo, el misterio de Dios debe ser el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.
Para ello es necesario dejarse interpelar por la Palabra de Dios que nos llama con fuerza: «Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos» (Jl 2,12).
Tengamos en cuenta que la conversión no es un simple acto exterior, sino un retorno sincero al Señor, que es «bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad» (Jl 2,13).
Es, por tanto, un tiempo propicio para conocer el amor de Dios y elegir con acciones volver a él.
La Cuaresma nos propone tres caminos concretos: la oración, el ayuno y la limosna (cf. Mt 6,1-18); y es el mismo Señor quien nos recuerda que estas prácticas no deben hacerse para ser vistos, sino en lo secreto, donde el Padre ve y recompensa (cf. Mt 6,6).
Disfrutemos la oración, pues es la oportunidad privilegiada para vivir un diálogo íntimo con Dios; valoremos el ayuno, pues nos recuerda que nuestra naturaleza va más allá de lo material y vuelve nuestra atención a lo divino; fomentemos la limosna, pues al vivir en favor de los más necesitados hacemos un acto de gratitud hacia Aquél de quien lo hemos recibido todo.
Queridos hermanos: vivamos con alegría y esperanza, teniendo en cuenta que en este tiempo no se debe experimentar una tristeza estéril, sino una apertura gozosa a la misericordia de Dios que todo lo transforma.
Hablar y escuchar son dos grandes dones que Dios nos ha dado, porque estamos creados a su imagen y semejanza.
Hablar y escuchar son dos grandes fuerzas y oportunidades que tenemos como seres humanos; por lo tanto, una gran debilidad de nuestro tiempo es callar y guardar silencio, otra debilidad es estar aislados y vivir sin escuchar y sin hablar.
¡Urge! Hablemos y escuchemos con el fin de aprovechar estos dones y aprovechar estas fuerzas para vencer nuestras debilidades.
Hablar y escuchar es una urgencia con frutos a la puerta, es una necesidad que nos acerca a la paz.
Por no hablar y escuchar hay guerras en el mundo, por no hablar y escuchar hay violencia en los hogares.
Hablar y escuchar es una oportunidad para vivir más sanos y más contentos; por lo tanto, no te quedes sordo y no te quedes mudo: ¡habla y escucha!
Papás: hablen y escuchen, pues los hijos necesitan sus consejos, y los hijos tienen necesidad de ser escuchados.
Maestros: no pierdan la ocasión para hablar y escuchar a sus alumnos.
Hermanos y hermanas: hablando es como enseñamos y escuchando es como aprendemos; por lo tanto, no seamos sordos y mudos.
† Entronicemos la Sagrada Escritura, meditemos con la Lectio Divina y hagámosla vida, y con ella reavivemos nuestra esperanza
Por: Mons. José Hiraís Acosta Beltrán
Septiembre es el mes dedicado especialmente a las Sagradas Escrituras, por ello es llamado el mes de la Biblia. El Episcopado Mexicano exhorta a todos los fieles laicos, consagrados y consagradas a celebrar este mes la Palabra del Señor.
“Es una oportunidad para nuestras comunidades tomar como referencia la Palabra del Señor, una Palabra no encerrada en un libro, una Palabra viva que se hace signo concreto u tangible en la vida de cada persona que la lee, la medita y ora con ella”.
En este año 2025, Año Jubilar de la Esperanza, la Dimensión de Animación Bíblica ofrece un subsidio con meditaciones sobre la esperanza cristiana para meditarlas en comunidad o en familia. Dichas meditaciones tienen la finalidad de conducirnos al encuentro con Cristo o de afianzar nuestro encuentro con Él, que es nuestra esperanza.
Podemos iniciar el mes de la Biblia entronizándola en nuestros templos o capilla, así como en nuestros hogares en una especie de trono o un lugar especial para su veneración y lectura, que se ponga en primer lugar, no solamente como lectura, sino para aplicarla en nuestra vida, de modo que la Palabra de Dios se convierta en un faro para nuestra existencia, así, con la Palabra podemos iluminar nuestras decisiones e inspirar nuestras acciones de acuerdo con la voluntad de Dios.
Las meditaciones que se nos ofrecen para celebrar la Palabra son: Abraham creyó y esperó (Génesis 15,1-6); Padre: aparta de mí este cáliz (Lucas 22, 39-46); Si morimos con Él, también viviremos con Él (I Corintios 15,1-8. 12-20); Felipe visita Samaria (Hechos de los Apóstoles 8,4-8.4-17); y Alégrate María (Lucas 26-28. 39-42).
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