† Cuando quien legisla pierde el horizonte de su grandeza, de su sacralidad y de su dignidad
«Para la Iglesia, enseñar a los pobres era un acto de justicia y de fe. Inspirada en el ejemplo del Maestro, que enseñaba a la gente las verdades divinas y humanas, la Iglesia asumió la misión de formar a los niños y a los jóvenes, especialmente a los más pobres, en la verdad y el amor» (Papa León XIV).
Si por verdad entendemos la adecuación del intelecto con la realidad y si por amor coincidimos en la capacidad de darse, de donarse, solo el ser humano hace conscientemente de su ser y de su hacer actos verdaderos de amor y puede amar en la verdad porque él es lo más cercano a Dios, y aunque creado, también es engendrado y llamado a trascender.
Tristemente nos vemos acechados por formas de un pensamiento relativista, así como de una cosificación antropológica, donde los programas digitales son nominados “inteligencia”.
Los animales cobran sentido de semejanza humana como los “perrijos”; donde una jugada de gallos y una corrida de toros es un crimen, en tanto el aborto es decisión sanitaria.
Cuando quien legisla pierde el horizonte de su grandeza, de su sacralidad y por tanto de su dignidad, entonces surge el crimen de la despersonalización que legitima la cultura del descarte, que hace de la obra de sus manos su propia deidad y da paso a la aridez social creando un panorama de muerte. ¡Formemos en la verdad y forjemos en el amor.
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