Cada 20 de junio se conmemora el Día Mundial de las Personas Refugiadas, fecha proclamada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para reconocer la fortaleza y resiliencia de millones de personas que han tenido que abandonar su hogar a causa de la guerra, la persecución, la violencia y las crisis humanitarias.
De acuerdo con la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), una persona refugiada es aquella que ha huido de su país por temor fundado a sufrir persecución por motivos de raza, religión, nacionalidad, opiniones políticas, género o pertenencia a determinado grupo social.
A ello se suman conflictos armados, violaciones graves a los derechos humanos y escenarios de violencia que obligan a las familias a buscar protección en otras naciones.

Según la última actualización del censo proporcionado por ACNUR en julio de 2025, el periodo más reciente sobre el que se dispone de información, 117.3 millones de personas se habían visto forzadas a huir de sus hogares en todo el mundo a causa de la persecución, conflicto, violencia, violaciones de los derechos humanos o acontecimientos que perturban gravemente el orden público como las guerras, entre ellas había casi 42.5 millones de personas refugiadas.
4.4 millones de personas apátridas hay en el mundo, a quienes se les ha negado una nacionalidad y carecen de acceso a derechos básicos como educación, atención médica, empleo y libertad de movimiento.
Los conflictos en Ucrania, Gaza, Sudán y diversas regiones de Medio Oriente han provocado que un gran número de familias enteras busquen refugio lejos de la violencia.
Tan solo en Sudán, millones de personas han huido hacia países vecinos; mientras que la guerra en Tierra Santa continúa dejando comunidades enteras desplazadas y una grave crisis humanitaria.
A ello se agregan los efectos de la crisis climática y los fenómenos meteorológicos extremos que continúan agravando el panorama humanitario.
En medio de este contexto, la Iglesia católica ha mantenido un llamado constante a la paz, la solidaridad y la acogida de quienes sufren el desarraigo; desde el inicio de su pontificado, León XIV colocó este mensaje en el centro de su ministerio.
Su primer saludo al mundo fue precisamente: «La paz esté con ustedes», una expresión que hoy adquiere especial significado ante los conflictos que obligan a miles de personas a abandonar su tierra.

En su mensaje para la 111 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, en julio de 2025, el Santo Padre advirtió que el contexto mundial actual «está tristemente marcado por guerras, violencia, injusticias y fenómenos meteorológicos extremos», factores que obligan a millones de personas a desplazarse en busca de refugio.
Asimismo, señaló que los migrantes y refugiados «se erigen como mensajeros de esperanza», capaces de recordar al mundo la dignidad humana y el valor de la fraternidad.

La Iglesia ha respondido a esta realidad mediante una amplia red internacional de apoyo humanitario.
En Europa, parroquias, congregaciones religiosas y organizaciones católicas continúan ofreciendo alojamiento, asistencia legal, acompañamiento espiritual, alimentación y espacios seguros para familias desplazadas provenientes principalmente de Medio Oriente y África.
Es una de las principales redes humanitarias católicas en el continente, coordina la ayuda para refugiados provenientes de Ucrania, Medio Oriente y África.
En 2025, representantes de Cáritas Europa realizaron una visita oficial a Ucrania para reforzar la asistencia humanitaria en zonas afectadas por la guerra.
De esta forma, la organización mantiene programas de: refugio temporal, asistencia psicológica, distribución de alimentos, evacuación de civiles y apoyo a niños y adultos mayores desplazados.
La red de Cáritas en Ucrania es actualmente una de las mayores estructuras humanitarias locales del país, trabajando junto a parroquias y diócesis.

El Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) opera en distintos países europeos acompañando a personas desplazadas por la guerra.
Sus programas incluyen: apoyo psicológico para refugiados ucranianos, asistencia legal, acceso a educación, integración social y protección de menores desplazados.
La organización trabaja especialmente en Polonia, Rumania, Hungría y otros países fronterizos con Ucrania, donde millones de personas buscaron refugio tras el inicio de la invasión rusa.

La Comunidad de Sant’Egidio se ha convertido en uno de los ejemplos más importantes de ayuda humanitaria impulsada por la Iglesia en Europa.
Su programa de “Corredores Humanitarios” permite que refugiados provenientes de Siria, Afganistán, Líbano y África lleguen legalmente y de manera segura a Europa sin recurrir a traficantes ni arriesgar la vida cruzando el Mediterráneo.
Desde 2016 más de 8 mil 500 refugiados han llegado de forma segura a Italia gracias a este proyecto, muchos de ellos mujeres, niños y personas enfermas.

Una de las consecuencias recientes sucedió en marzo de este año, cuando la administración de Donald Trump canceló abruptamente un contrato de 11 millones de dólares con Catholic Charities para albergar y cuidar a niños migrantes que llegaron solos a Estados Unidos, poniendo fin a una relación entre la Iglesia católica y el gobierno estadounidense que se remonta a la llegada de los primeros exiliados cubanos al sur de Florida.
Con información del diario El País, estos centros de Caridades Católicas operan como una red de organizaciones locales que gestiona, además del sistema de acogida para niños inmigrantes, programas de reasentamiento de refugiados y para personas sin hogar, así como distribución de alimentos y asistencia tras desastres naturales.
Esta organización sin fines de lucro opera lo que equivale un sistema de acogida financiado por el gobierno, distinto e independiente de las agencias estatales que tienen la custodia de niños víctimas de abuso y negligencia.
El gobierno se puso en contacto con la organización benéfica a finales de marzo para notificar la cancelación de los fondos.
Según el arzobispo Thomas Wenski, la decisión de terminar el contrato se produjo en marzo de este año, descartando que estuviera relacionada con las recientes tensiones entre Trump y el Papa León XIV por las críticas del Pontífice a la guerra con Irán.

En medio de ese dolor silencioso, la Iglesia continúa levantando refugios donde otros levantan muros, ofreciendo pan donde la guerra deja hambre y escuchando historias que muchas veces el mundo prefiere ignorar.
Su presencia en campamentos, hospitales, parroquias y zonas devastadas recuerda que la paz no puede reducirse a discursos diplomáticos, sino que comienza cuando la humanidad es capaz de reconocer el sufrimiento del otro como propio.

† En el inicio de la Semana Santa, León XIV lanzó un llamado a detener la violencia y las guerras, en torno a lo que sucede en Medio Oriente
En la homilía de este Domingo de Ramos, en la Plaza de San Pedro, el Papa LeónXIV reflexionó sobre la paz y pidió que miremos a Jesús como el conciliador del mundo que derriba todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo, porque Él es nuestra paz.
En el inicio de la Semana Santa, el Santo Padre lanzó un llamado a detener la violencia y las guerras, sobre todo en torno a lo que sucede en Medio Oriente, y clamó a Jesucristo como el Rey de la Paz.
«Como Rey de la paz, mientras cargaba con nuestros sufrimientos y era traspasado por nuestras culpas, Él ‘se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca’ (Is 53,7). No se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra».
Tras haber encabezado la procesión de las palmas por la Plaza de San Pedro, el Papa lanzó un fuerte llamado a los que incitan a la guerra, y afirmó que Dios no puede ser usado para justificar los enfrentamientos.
Agregó que hoy junto a Cristo también están los crucificados de la humanidad: «En sus llagas vemos al hombre herido, el llanto de los que están abatidos, enfermos o carecen de esperanza, y muy en especial las víctimas de la guerra».
Jesús es el Rey de la Paz que se ofrece como una caricia para la humanidad mientras el mundo «se agita en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos».
Al inicio de la Semana Santa, el Papa recordó a los cristianos del Medio Oriente que sufren los efectos de los conflictos, muchos de los cuales no pueden vivir plenamente los ritos de estos días santos.
«Estamos más que nunca cerca con la oración a los cristianos del Medio Oriente, que sufren las consecuencias de un conflicto atroz y en muchos casos no pueden vivir plenamente los ritos de estos días santos».
† En el 4º Domingo de Cuaresma, León XIV ha hecho un nuevo llamado a la paz en Oriente Medio
En el 4º Domingo de Cuaresma, León XIV ha hecho un nuevo llamado a la paz en Oriente Medio.
El Papa ha pedido un alto al fuego, desde el Palacio Apostólico tras rezar el Ángelus; y un «¡cese a las hostilidades!» desde su cuenta oficial en la red social X.
«En nombre de los cristianos de Oriente Medio y de todas las personas de buena voluntad, hago un llamamiento a los responsables de este conflicto: ¡Alto el fuego! Es imprescindible reabrir las vías del diálogo. La violencia jamás conducirá a la justicia, la estabilidad y la paz que anhelan los pueblos».
Sin mencionar a Estados Unidos, Israel e Irán, el Santo Padre lamentó que durante las últimas dos semanas el pueblo de Oriente Medio ha sufrido la atroz violencia de la guerra.
«Miles de personas inocentes han muerto y muchísimas más se han visto obligadas a abandonar sus hogares. Reitero mi oración y mi cercanía a todos aquellos que han perdido a seres queridos en los ataques que han azotado escuelas, hospitales y zonas residenciales», continuó.
El Papa también expresó su preocupación por la situación en el Líbano, devastado por los enfrentamientos entre el ejército israelí y Hezbolá.
«La violencia jamás podrá traer la justicia, la estabilidad y la paz que anhelan los pueblos».
Según agencias internacionales, eñ conflicto ha provocado la muerte de más de 1200 personas hasta la fecha, entre ellas al menos 200 niños.
Con información de Vatican News
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