Necesitamos encontrarnos con Dios para escucharlo
Pareciera contradictorio que Sacrosanctum Concilium, en el No. 30 nos diga que para promover la participación activa en la asamblea debe guardarse a su debido tiempo el silencio sagrado, ya que para nosotros el silencio es algo pasivo, meramente ausencia de sonidos.
La Ordenación de las Lecturas de la Misa (OLM) dice: «El diálogo entre Dios y los hombres, que se realiza con la ayuda del Espíritu Santo, requiere breves momentos de silencio, adecuados a la Asamblea presente, para que en ellos la Palabra de Dios sea acogida interiormente y se prepare una respuesta por medio de la oración» (OLM 28).
La Introducción General del Misal Romano (IGMR) dice: «La liturgia de la Palabra debe ser celebrada de tal manera que favorezca la meditación, por eso se debe evitar absolutamente toda forma de apresuramiento que impida el recogimiento. En ella son convenientes también unos breves momentos de silencio, acomodados a la Asamblea reunida, en los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, se perciba con el corazón la Palabra de Dios y se prepare la respuesta por medio de la oración» (IGMR 56).
El silencio sagrado es el «momento del Espíritu»; vivimos en un mundo de muchos ruidos internos y externos, necesitamos el silencio para encontrarnos con Dios, para escucharlo, para que su Palabra resuene en nuestro interior y dejar que el Espíritu actúe en nosotros.
Por: Pbro. Oscar José García
Existen varias formas de cómo los lectores pueden dirigirse al ambón para la proclamación de la Palabra.
La primera consiste en que todos los lectores, con sus manos juntas, se dirigen hacia el altar y hacen reverencia, luego se dirigen hacia el ambón y sube el de la primera lectura.
Cuando ha terminado, sube el salmista y así sucesivamente; al terminar todos se dirigen nuevamente hacia el altar para hacer juntos la reverencia.
“Debemos tener en cuenta lo importante que son los breves momentos de silencio sagrado entre una y otra lectura”.
Es muy importante notar que sólo harán dos reverencias: al principio y al final de su proclamación frente al altar todos juntos.
La otra es que todos los lectores, con sus manos juntas, se dirigen hacia el ambón: el que hará la primera lectura hace reverencia hacia el altar y sube a proclamar.
Terminada su lectura baja y juntamente con el salmista hace la reverencia hacia el altar y sube el salmista, y así sucesivamente.
Y la última: los lectores van pasando de uno en uno hacia el ambón; es decir, al terminar la oración colecta se sientan y sólo el que hará la primera lectura se dirige al ambón, hace su reverencia hacia el altar y proclama.
Terminada la lectura se dirige a su lugar y hasta que se sienta se levanta el salmista para dirigirse al ambón.
Esta tercera forma algunos sacerdotes la consideran muy tardada por los tiempos que hay entre una y otra lectura; sin embargo, hemos de tener en cuenta lo importante que son los breves momentos de silencio sagrado entre una y otra lectura.
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