La voz del Papa sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial
La Comisión Episcopal para la Pastoral de la Comunicación (Cepcom), a través del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, abrió una serie de contenidos sobre la nueva encíclica del Papa, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial
Magnifica Humanitas ofrece un discernimiento sobre la custodia de la persona humanaen el tiempo de la inteligencia artificial, reconociendo un profundo cambio de época; coloca en el centro la dignidad del ser humano como criterio para orientar el progreso técnico.
La Doctrina Social de la Iglesia acompaña estas transformaciones, indicando en el bien común, la solidaridad y la subsidiariedad los criterios fundamentales para leer e interpretar la transformación en curso.
Indica como alternativa a la cultura del poder y de la guerra una civilización del amor fundada en la justicia, el diálogo y la responsabilidad compartida.
La introducción de Magnifica Humanitas da inicio al documento con una afirmaciónprogramática que orienta toda la reflexión posterior.
La humanidad se sitúa ante una encrucijada histórica que no se refiere simplemente al progreso técnico, sino al sentido mismo del desarrollo y de la convivencia humana.
El texto afirma, de hecho, que «la magnífica humanidad se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos» (MH1).
Esta alternativa simbólica introduce desde el inicio la confrontación entre una construcción basada en el poder y la autosuficiencia y un camino de responsabilidad compartida y comunión.
Cada generación recibe la tarea de dar forma a su propio tiempo, pero sobre cada época pesa el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto.
El criterio decisivo para interpretar este paso histórico es de naturaleza antropológica y teológica: la comprensión del ser humano no puede prescindir de la Encarnación, porque «solo el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»; sin esta referencia, el progreso corre el riesgo de reducir a la persona a una mera función, dato o un rendimiento.
Las res novae del presente; es decir, las grandes transformaciones históricas que interpelan la conciencia cristiana, están marcadas por la expansión acelerada de ladigitalización, de la inteligencia artificial y la robótica, que inciden profundamente en las estructuras sociales, en los procesos de toma de decisiones y en el imaginario colectivo.
La técnica es reconocida como una dimensión auténticamente humana, arraigada en la libertad y en la creatividad, pero su poder introduce una responsabilidad nueva e inédita.
A este respecto, el texto observa que «nunca nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma» (MH4), subrayando la urgencia de orientar dicho poder hacia el bien común.
Las imágenes bíblicas de Babel y de la reconstrucción de Jerusalén ofrecen así la clave de discernimiento de todo el documento: la alternativa no es entre aceptar o rechazar la tecnología, sino entre un uso que desintegra y otro que custodia lo humano.
Se aclara el método de fondo con el que el documento pretende afrontar las transformaciones del presente.
La Doctrina Social de la Iglesia se presenta no como un conjunto estático de normas, ni como un sistema ideológico que debe aplicarse desde el exterior, sino como un pensamiento vivo, capaz de leer la historia a la luz del Evangelio y de acompañar a la humanidad en sus experiencias concretas.
Esta nace de una Iglesia que no se sitúa fuera del mundo, sino que comparte el camino de los pueblos y reconoce en la historia el lugar en el que el Evangelio interpela la experiencia humana.
El texto subraya que la Doctrina Social no es una injerencia indebida en las cuestiones temporales, sino que expresa la responsabilidad propia de la Iglesia hacia el bien común, ya que está constituida «en Cristo, como un sacramento, de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano».
De esta conciencia nace una actitud de escucha y de diálogo con los lenguajes del presente, que no es mera atención sociológica, sino un auténtico discernimiento espiritual.
En esta perspectiva, se recuerda la orientación del Concilio Vaticano II, según la cual es tarea del pueblo de Dios «escuchar atentamente, discernir e interpretar los diferentes lenguajes de nuestro tiempo», para que la verdad revelada pueda ser anunciada en formas adecuadas a las situaciones históricas.
La Doctrina social se presenta, así como un patrimonio dinámico, que crece con el tiempo sin traicionar el núcleo esencial de la fe.
Recorriendo el desarrollo del magisterio social desde León XIII hasta hoy, el capítulo muestra cómo este no es un repertorio de soluciones técnicas, sino que ofrece «principios para pensar, criterios para discernir y juzgar y orientaciones concretas para actuar» (MH3).
Su función no es sustituir las responsabilidades políticas e institucionales, sino sostenerel discernimiento comunitario sobre las transformaciones en curso.
Por último, se reafirma que la verdad custodiada por la Iglesia no es un patrimonio que deba defenderse, sino un don que ha de compartirse en el tiempo.
Por ello, se afirma que «el tiempo es superior al espacio», privilegiando el inicio deprocesos que puedan madurar con el tiempo, más que la ocupación inmediata de puestos de poder.
El segundo capítulo se estructura a partir de la recuperación de los fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia, asumidos como criterios decisivos para orientar el discernimiento en la era de la inteligencia artificial.
En el centro de la reflexión hay una visión de la persona humana fundada en la relación: el ser humano es creado a imagen del Dios trinitario y está llamado a la comunión; de este origen se deriva una dignidad que precede toda valoraciónfuncional, productiva o social.
La encíclica distingue diversas dimensiones de la dignidad, pero subraya una decisivaque no depende de las circunstancias o de las capacidades individuales.
Se afirma con claridad que «hay un nivel más profundo, el más importante, que consiste en la dignidad ontológica» (MH52), precisando que esta dignidad «pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir».
Esta dignidad fundamenta el «altísimo valor de los derechos humanos», que no son concesiones del poder, sino expresión de la naturaleza misma de la persona, y convierte el derecho a la vida en el presupuesto de todo otro derecho.
Sobre este fundamento antropológico se apoyan los principios de la Doctrina Social: el bien común no se entiende como la suma de intereses individuales, sino como una realidad eminentemente relacional, definida como «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de su propia perfección» (MH60).
El principio de la destinación universal de los bienes se extiende también a los bienes inmateriales y digitales de nuestro tiempo, mientras que la subsidiariedad tutela la responsabilidad de las personas, de las familias y de los cuerpos intermedios frente a toda concentración excesiva de poder.
La solidaridad se presenta como una conciencia real de la interdependencia entre personas y pueblos, sintetizada en la afirmación de que «nadie se salva solo».
Todos estos principios convergen en el horizonte del desarrollo humano integral, llamado a promover a cada persona y a todas las dimensiones de la vida, incluidas las espirituales, sociales y ecológicas.
En el centro del tercer capítulo se sitúa el análisis de la relación entre técnica, poder y persona humana, con el fin de ubicar las promesas de la inteligencia artificial en el marco de una transformación cultural más amplia, que cuestiona el sentido mismo del progreso.
El desarrollo tecnológico es reconocido como expresión de la creatividad humana, pero también se advierte del riesgo de que se convierta en criterio absoluto de juicio, dando forma a lo que el texto define como un paradigma tecnocrático, capaz de reducir la realidad a lo que es medible, calculable y optimizable.
En este contexto, la inteligencia artificial aparece como una herramienta poderosa, capaz de ofrecer beneficios reales, pero también de amplificar formas de dominio cuando se separa de una orientación ética y antropológica.
El texto advierte que el crecimiento de la potencia técnica no coincide automáticamentecon el bien, recordando que «más poderoso no significa necesariamente mejor» (MH93); el criterio decisivo sigue siendo la dignidad de la persona y no la eficiencia de los medios.
Una distinción fundamental atraviesa todo el capítulo: la que existe entre la inteligencia humana y la inteligencia artificial.
Los sistemas de IA, aunque son capaces de imitar algunos lenguajes y comportamientos, permanecen ajenos a la experiencia propiamente humana.
El texto afirma, de hecho, que «las inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad» (MH99).
Por este motivo no pueden asumir una responsabilidad moral ni comprender el sentido último de las decisiones que contribuyen a generar.
El riesgo se hace especialmente grave cuando la inteligencia artificial interviene en los procesos de toma de decisiones que afectan directamente a la vida, la reputación, el acceso a las oportunidades y los derechos de las personas.
En tales casos, la aparente neutralidad algorítmica puede dar lugar a exclusiones difíciles de cuestionar.
El texto advierte de que «confiar, en la práctica, a un algoritmo el poder de seleccionar quién es digno y quién no, sin que nadie asuma el peso de la decisión, significa encomendarle la tarea de redefinir los límites de las posibilidades humanas» (MH103), lo que conlleva una pérdida de responsabilidad política y moral.
Además, se dedica un amplio espacio a la crítica de los discursos transhumanistas yposhumanistas, que interpretan el progreso como la superación de los límites de lo humano.
Frente a ellas se opone una visión en la que el límite no es un defecto que debaeliminarse, sino una dimensión constitutiva de la persona.
Se afirma con claridad que «el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite» (MH118), reconociendo en la fragilidad y la vulnerabilidad lugares en los que maduran la relación, el cuidado y la apertura al otro.
La reflexión se concentra en las consecuencias concretas de la transformación digital en la vida personal y social, individuando tres ámbitos decisivos en los que hoy se juega el cuidado de lo humano: la verdad, el trabajo y la libertad.
La reflexión muestra cómo la inteligencia artificial y las tecnologías digitales no inciden solo en los instrumentos, sino que moldean progresivamente los comportamientos, las relaciones y las estructuras de la convivencia.
La primera dimensión abordada es la de la verdad, reconocida como un bien común esencial para la vida democrática.
En el ecosistema digital, la difusión de información manipulada, imágenes alteradas y narrativas polarizadoras corre el riesgo de volver inciertos los límites entre lo verdadero y lo falso.
El texto llama la atención sobre el hecho de que la verdad no nace de automatismos técnicos, sino de relaciones fiables y prácticas compartidas de responsabilidad, recordando que «la calidad de la comunicación pública depende directamente de la confianza social» (MH132).
La verdad se presenta así como una realidad frágil, que debe ser custodiada medianteuna educación crítica y un uso responsable de las tecnologías.
El segundo ámbito es el del trabajo, descrito como dimensión constitutiva de la dignidad de la persona y vía ordinaria de participación en la vida social.
La automatización y la inteligencia artificial ofrecen posibilidades reales de transformación, pero también implican riesgos significativos de precarización y exclusión.
El texto advierte contra un modelo de desarrollo en el que «los trabajadores los trabajadores se ven obligados a adaptarse a la velocidad y a las exigencias de lasmáquinas, en lugar de que estas últimas estén diseñadas para ayudar a quienes trabajan» (MH150).
Cuando el criterio dominante se vuelve la eficiencia, el trabajo corre el riesgo de perder su valor humano y relacional.
Por último, se aborda el tema de la libertad, amenazada tanto por las adicciones digitales como por las nuevas formas de control social basadas en la recolecciónmasiva de datos.
Las tecnologías pueden orientar elecciones y comportamientos de manera invisible, reduciendo el espacio de una decisión verdaderamente libre.
Por ello, el texto afirma con claridad que «la libertad, en la era digital, no es sólo una cuestión interior; es también un asunto público» (MH171), que requiere normas justas, responsabilidad compartida y educación.
En su conjunto, estos tres ámbitos muestran que la transformación digital no es neutra y requiere un compromiso común para custodiar las condiciones de una vida auténticamente humana, capaz de verdad, trabajo digno y libertad real.
El contraste entre el poder técnico y el destino de la humanidad alcanza aquí su punto más dramático; en el centro emerge el vínculo cada vez más estrecho entre tecnología, poder y violencia, en un contexto global marcado por la crisis del multilateralismo y la progresiva normalización de la guerra.
Las innovaciones tecnológicas, y en particular la inteligencia artificial, no se limitan a hacer más eficientes los medios de defensa, sino que inciden profundamente en lapropia naturaleza del conflicto, acelerando los tiempos de decisión y haciendo que el usode la fuerza sea más impersonal y distante de la responsabilidad moral.
La posibilidad de delegar en sistemas automatizados de decisiones que implican la vida y la muerte contribuye a rebajar el umbral ético del recurso a la violencia y a disolver lapercepción de las consecuencias reales de las decisiones tomadas.
En este marco se configura una auténtica cultura del poder, en la cual la eficacia de los medios tiende a sustituir el juicio moral y la protección de los civiles queda subordinada a lógicas estratégicas.
Ante esta deriva, el texto afirma con claridad que «no existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable» (MH198), reafirmando que el discernimiento sobre el uso de la fuerza nunca puede reducirse a un cálculo técnico.
Esta transformación está acompañada por narrativas públicas que presentan la guerra como inevitable e incluso necesaria, oscureciendo la memoria histórica de sus consecuencias y adormeciendo las conciencias.
Como alternativa a esta lógica, se propone la perspectiva de la civilización del amor, entendida como un proyecto histórico concreto, fundamentado en la justicia, la fraternidad y el diálogo.
La civilización del amor asume la mirada de las víctimas como criterio de juicio y reconoce en la diplomacia y el diálogo los instrumentos ordinarios para la construcción de la paz.
En este horizonte, la paz no es signo de debilidad, sino una opción exigente y realista, ya que «con la paz no se pierde nada, mientras que con la guerra todo se puede perder»(MH219).
La mirada final se centra en la dimensión espiritual y teológica que sostiene todo el recorrido de la encíclica y custodia su sentido último.
En el centro permanece la afirmación dogmática fundamental según la cual “el Verbo se hizo carne”, acontecimiento que constituye el criterio decisivo para comprender tanto la grandeza como la vulnerabilidad del ser humano.
En un tiempo marcado por las promesas de un progreso capaz de superar todo límite, se reafirma que la plenitud de lo humano no nace de la potencia técnica, sino de una relación que implica la libertad, el amor y la gracia.
La perspectiva propuesta no separa nunca la dimensión espiritual de la histórica y social; la humanidad está llamada a reconocerse como parte de una comunión más grande, en la cual las diferencias no se eliminan, sino que se reconducen a la unidad.
En esta luz resuena la imagen paulina de una humanidad reconciliada, llamada a ser«un solo cuerpo en Cristo», expresión de una fraternidad que atraviesa pueblos, culturas y generaciones.
El compromiso para custodiar lo humano en la era de la inteligencia artificial se reconduce así a una responsabilidad compartida.
Ninguna transformación tecnológica puede habitarse sin una conversión del corazón y sin una práctica concreta de justicia, solidaridad y cuidado de los más frágiles.
La historia se describe como una tarea aún en curso, una obra en la que nada está definitivamente concluido y en el que cada uno está llamado a participar.
El horizonte que sostiene esta esperanza está confiado al cántico de María, el Magníficat, signo de una lógica que invierte la lógica del poder y reconoce valor en la humildad.
De aquí nace la invitación final a elegir qué tipo de constructores ser en la historia: «Constructores de comunión, no arquitectos de Babel» (MH 16), para que la humanidad no pierda su grandeza y el mundo pueda reconocer, en el corazón del hombre, el lugar donde Dios desea habitar.
Traducción de trabajo realizada por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral
Magnifica Humanitas ofrece una mirada profunda y esclarecedora sobre nuestro tiempo y las tecnologías emergentes
La Encíclica Magnifica Humanitas ofrece una mirada profunda y esclarecedora sobre nuestro tiempo, mostrando que las tecnologías emergentes pueden convertirse en aliadas de la dignidad humana cuando se orientan hacia el bien común.
El texto une lucidez y esperanza: analiza los riesgos reales, pero, sobre todo, indica caminos concretos para custodiar lo humano en el tiempo de la Inteligencia Artificial (IA); su fuerza consiste en la capacidad de conjugar doctrina, discernimiento y responsabilidad social.
Precisamente por la riqueza de los temas abordados, algunas cuestiones plantearán preguntas complejas y merecen respuestas claras; las principales se refieren a la tecnología, el poder, la guerra, el trabajo, los datos y la memoria histórica.
El Papa León XIV reconoce que la Iglesia ha tolerado formas de esclavitud durante siglos, ¿por qué hoy debería ser creíble al denunciar las nuevas formas de esclavitud digital?
Reconocer la verdad histórica no debilita a la Iglesia, sino que la fortalece; pedir perdón permite hablar con libertad y responsabilidad de las injusticias actuales; elcriterio es siempre el mismo: la dignidad de cada persona.
Solo quien reconoce el pasado puede ser creíble en el presente.
¿Es realista afirmar que la IA nunca debe decidir sobre la vida o la muerte, mientrasque otros países desarrollan armas autónomas?
La encíclica no niega la necesidad de la defensa, pide que la responsabilidad últimasiga recayendo en el ser humano; se trata de una postura ética compartida por muchos juristas y expertos, y coherente con el derecho internacional.
La seguridad puede aumentar sin privar al ser humano de la decisión final.
¿Superar la teoría de la “guerra justa” no supone un abandono de la tradición teológica?
No se niega la legítima defensa: se pone de relieve el abuso contemporáneo de esteconcepto; la encíclica desarrolla la tradición haciéndola más exigente en nuestro contexto histórico.
No es menos tradición: es más responsabilidad.
¿No corren el riesgo de demonizar innovaciones que mejoran la vida, al confundirterapia y potenciación?
La Iglesia sostiene los avances que curan y alivian el sufrimiento, solo criticaaquellas visiones que reducen al ser humano a un proyecto que hay que optimizaro seleccionar; se trata de una distinción antropológica, no técnica.
Cuidar es algo bueno; superar lo humano es una ilusión peligrosa.
Denuncian el poder de las plataformas, pero no proponen soluciones prácticas. ¿Essuficiente?
La Iglesia no dicta normas: ofrece criterios —transparencia, control humano, gobernanza compartida— con el fin de que la política y las instituciones elaborennormas adecuadas, esa es la lógica de la Doctrina social.
Criterios claros para responsabilidades compartidas.
¿Decir que los datos son “bienes colectivos” no corre el riesgo de conducir a formasde estatalización?
No se pide que se centralicen los datos, sino que se eviten los monopolios sincontrol; se aboga por formas de gobernanza pluralistas que protejan la dignidad y la privacidad.
En contra de los monopolios, no en contra de la libertad.
¿Proponer límites de edad para los teléfonos inteligentes y las plataformas noresulta paternalista?
Se trata de una medida de protección para los más jóvenes y de apoyo a lasfamilias, que a menudo se ven sometidas a una presión comercial muy fuerte; proteger a la infancia no es limitar la libertad, sino garantizarla.
Los menores están por encima del mercado.
¿No es ingenuo criticar la Realpolitik en un mundo marcado por los conflictos y laspotencias armadas?
El Papa distingue entre realismo y resignación: el verdadero realismo busca víasviables para evitar la escalada de los conflictos; la paz no es una utopía, sino una tarea política seria.
El verdadero realismo construye la paz, no la excluye.
¿Cómo se puede pedir a las empresas globales que pongan a la persona pordelante del beneficio?
La Iglesia recuerda que una economía que genera exclusión produce inestabilidadsocial y pérdida de confianza; pide una responsabilidad compartida: las empresas, los Estados y los trabajadores deben orientar la innovación hacia el bien común.
Un trabajo digno es una condición necesaria para la estabilidad, no un lujo.
La Iglesia no tiene conocimientos técnicos sobre la IA: ¿cuál es su papel en eldebate?
La Iglesia no aborda los detalles técnicos, sino que ofrece criterios moralesuniversales - dignidad, justicia, responsabilidad - que ninguna tecnología puede ignorar; se trata de una contribución a la conciencia pública, no de una injerencia.
La tecnología cambia; la dignidad sigue siendo el punto de referencia.
• La dignidad humana es el criterio no negociable.
• La encíclica no demoniza la tecnología; invita a orientarla.
• La Iglesia ofrece principios éticos universales, no soluciones técnicas.
• La responsabilidad y el control humano son esenciales, siempre.
• El poder tecnológico requiere una gobernanza compartida y no monopolios.
• La Iglesia habla a partir de su propia experiencia y de su propio camino deconversión.
Contenido compartido por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Integral
El Papa León XIV presentó este lunes «Magnifica Humanitas» , su primera encíclica, centrada en la defensa de la dignidad humana frente a los desafíos de la inteligencia artificial.
Inspirado en la histórica encíclica Rerum Novarum de León XIII, el nuevo documento actualiza la Doctrina Social de la Iglesia 135 años después, en medio de una época marcada por rápidos cambios tecnológicos.
El Pontífice advirtió sobre el peligro de convertir la IA en una herramienta de dominio y subrayó que “desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano”.
Además, hizo un llamado a promover “la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz”.
Durante la presentación en el Vaticano participaron los cardenales Pietro Parolin (Secretario de Estado) , Michael Czerny (Prefecto para el Desarrollo Humano Integral) y Víctor Manuel Fernández (Prefecto para la Doctrina de la Fe) , quienes explicaron que la encíclica “no es un documento sobre IA”, sino una reflexión sobre lo que esta tecnología significa para la humanidad.
El cardenal Czerny resumió el mensaje en tres palabras: “ingenio, conciencia y cuidado”, reconociendo los avances científicos, pero insistiendo en la necesidad de discernimiento ante el impacto social y humano de estas tecnologías.
A ellos, se unieron profesores universitarios y expertos en la materia, así como el propio Papa León XIV, quien concluyó la jornada con un discurso explicando la génesis y la misión del magisterio.
En el encuentro también participaron expertos del mundo tecnológico, entre ellos representantes de Anthropic, una de las compañías más influyentes en inteligencia artificial.
Durante el diálogo, el cofundador de Antrhorpic destacó tres temas centrales del documento, especialmente la preocupación por los sectores más vulnerables ante el posible reemplazo masivo de empleos por la IA.
Según señaló Christopher Olah (cofundador de Antrhorpic), si esta situación llega a concretarse, brindar apoyo a quienes resulten afectados se convertirá en “un imperativo moral de proporciones históricas”, sobre todo porque el desarrollo tecnológico está concentrado principalmente en unas cuantas naciones con mayores recursos.
Por primera vez, especialistas en tecnología de alto nivel participaron junto al Papa, cardenales y académicos en la presentación de una encíclica, reflejando la relevancia y urgencia del debate sobre la inteligencia artificial dentro de una Iglesia.
La presencia de estos expertos evidenció la preocupación por los desafíos que vive actualmente la humanidad, en un contexto que la Iglesia considera decisivo y que exige interpretar los nuevos avances tecnológicos “a la luz del Evangelio y de la dignidad humana” como lo mencionó el pontífice.
La encíclica fue firmada por el Pontífice el pasado 15 de mayo, en el 135.º aniversario de la promulgación de la Rerum novarum . En 1891 el Papa León XIII observaba la situación de los obreros, de sus familias y de las nuevas formas de pobreza generadas por las Revolución Industrial. Comprendió que la Iglesia no podía mantenerse al margen, la encíclica Rerum novarum pronunció un mensaje evangélico y social sobre las nuevas cosas que asechaban la dignidad humana.
Hoy nos encontramos ante una transformación de magnitud similar, la IA ya influye en muchos ámbitos de nuestra vida y afecta decisiones que configuran la convivencia humana, mencionó León XIV.
Al finalizar la encíclica, el Santo Padre animó a los creyentes a afrontar el desarrollo de las nuevas tecnologías desde los valores del Evangelio, manteniendo un estilo de vida cristiano sencillo y comprometido.
De este modo, señala que incluso en medio de la era de la inteligencia artificial es posible reflejar “la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios”.
Durante una reunión privada con sacerdotes, el Papa los invitó a esforzarse más al momento de elaborar sus homilías para que estas vayan cargadas del amor y misericordia de Dios.
El mensaje trascendió y el exhorto llegó a todas las partes del mundo, con el llamado de León XIV a intensificar la oración personal entre los consagrados, y no a dejar que herrmamientas como Chat GPT las elaboren por ellos.
El Papa ve y sabe de algunos sacerdotes no preparan la homilía y los exhortó a no usar la Inteligencia Artificial (IA) para desarrollarla, les pidió que usen el cerebro y la creatividad.
«Como todos los músculos del cuerpo, si no los usamos, si no los movemos, mueren. El cerebro necesita ser utilizado, así que nuestra inteligencia también debe ejercitarse para no perder esta capacidad», dijo el Santo Padre.
León XIV subrayó la importancia de dar un buen testimonio para hacer visible a Jesucristo, reflejando su amor, compasión y enseñanzas a través de una vida de servicio, integridad y testimonio constante.
También habló de la fraternidad sacerdotal y el cómo desarrollar el alegrarse por el éxito del otro a través de la amistad genuina y sincera.
«Es importante la fraternidad y la alegría compartida de ser sacerdotes vivido como un don gratuito, ello requiere una humildad profunda», dijo el Papa.
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