† La respuesta al llamado a la vocación sacerdotal, religiosa, matrimonial y laical de testimonios vivos en la Provincia de Hidalgo
Una mujer laica, un seminarista, un matrimonio, una religiosa y un sacerdote de las tres diócesis de la Provincia de Hidalgo, de quienes conocimos sus testimonios al ser llamados por Dios para una misión específica en su vida.
La vocación laical puede vivirse plenamente en la vida cotidiana, integrando la fe, la profesión y el servicio, asegura Karen Sarahí García Vadivia.
Desde los 13 años ofrece su servicio en la Iglesia y ahora considera que su camino ha estado marcado por el amor, el crecimiento personal y el servicio al prójimo: “Todo lo que soy y lo que tengo se lo debo a Dios”.
Su participación en una Pascua Juvenil y un retiro espiritual marcaron su conversión y el descubrimiento de su vocación de servicio; actualmente participa como catequista, integrante de un coro parroquial, lectora, salmista, colaboradora en la Pastoral Juvenil, defensora de la vida, y como apoyo en temas jurídicos y contables para la Diócesis de Huejutla.
Es contadora y abogada, y pone al serivicio de la Iglesia también sus conocimientos profesionales; afirma que ha logrado integrar su vida profesional con su vocación de servicio.
Administrar su tiempo le ha permitido cumplir con su trabajo sin dejar de servir en la Iglesia: “La combinación de mi profesión con la Iglesia ha sido la motivación más grande para continuar”.
En la Iglesia, a la que define como su “piedra angular”, ha encontrado grandes amistades, formación, apoyo y oportunidades para desarrollarse tanto personal como profesionalmente.
Karen considera que su vocación es un llamado de Dios y está convencida de que la llamó en el momento adecuado.
Karen anima a los laicos que sienten inquietud por servir, a no dejarse vencer por la falta de tiempo, pues con amor a Dios y buena organización siempre es posible encontrar espacio para servir.
La vocación laical no está reservada para quienes trabajan de tiempo completo en la Iglesia, puede vivirse plenamente desde la profesión, la familia y la vida cotidiana, poniendo los talentos personales al servicio de Dios y de los demás.
Por: Pbro. Cutberto Ramírez Gutiérrez
El Concilio en el número 30 reconoce dos aspectos importantes: la misión salvífica de la Iglesia no sólo se logra con la labor y servicio de los pastores, incluso podríamos decir que es insuficiente.
Su tarea de guiar como pastores al pueblo a ellos confiados implica colaborar con ellos, reconocer el bien que hacen a la Iglesia, su servicio y sus carismas en orden a la misma tarea común.
Algo peculiar del laico es que no es un ayudante de los pastores, sino colaborador, y como miembro activo de la Iglesia, Pueblo de Dios, también tiene responsabilidad en la búsqueda de la salvación del mundo.
La Iglesia denomina “laicos” a los bautizados que no participan del estado clerical ni religioso; es decir, que no son curas, ni monjes, ni monjas.
La intención de este día es agradecer y promover su presencia en la vida de la Iglesia: desde su asistencia a Misa y otras celebraciones litúrgicas, hasta pertenecer y participar en diferentes servicios y ministerios laicales. El día del laico se celebra un sábado antes de la Solemnidad de Cristo Rey, por lo que este año se festejará el sábado 22 de noviembre.
Día del Laico
Su origen se remonta a 2018, cuando el beato Anacleto González Flores fue declarado patrono de los laicos mexicanos.
Llamado y testimonio
Desde los cuidados temporales, los laicos están llamados a la tarea evangelizadora y a la construcción del Reino de Dios.
Ellos anuncian el Evangelio y construyen el Reino de Dios desde su testimonio de vida; ellos han sido fortalecidos por la fe y la gracia de la palabra (Cf Hech 2,17-18), por ello el anuncio que hacen del Evangelio es con su palabra y con su testimonio de vida.
Un testimonio importante es el de la familia y la relación entre los cónyuges; la familia cristiana debe proclamar los valores del Reino ya presentes y la esperanza en la vida eterna (Cf LG35).
El alma del mundo
«Como el alma es al cuerpo, los cristianos al mundo» (LG 38), con esta frase de la Carta a Diogneto, el Concilio invita a cada laico, todos juntos, a ser el alma del mundo: ser testigos del Dios vivo.
Hoy en día la Iglesia necesita potenciar la misión de Cristo, hacerla más presente más visible, más plena, y no es fácil vivir la fe en medio de un mundo tan confuso y con realidades tan diversas, pero también tan dolorosas en medio de nuestros pueblos.
Es ahí en donde laicos en comunión y participación con los pastores debemos trabajar para ser verdaderamente el alma del mundo.
Diálogo y servicio
En esta proyección de buscar el alma del mundo debemos de tener entre otras actitudes: respetar y reconocer el valor propio de las cosas temporales en los diferentes ámbitos de la vida, sin pretender subordinar lo temporal al poder religioso.
Tener una actitud de diálogo y de servicio incondicional, no poder dominante o que en lugar de diálogo se vuelva un monólogo.
Buscar colaborar con todos los hombres sin temor, abiertos, firmes en la fe, pero dispuestos al diálogo, buscar, descubrir y reconocer los valores evangélicos que hay en el mundo, y en colaboración promoverlos para hacer presente el Reino de Dios que incluye a todos.
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