La Resistencia Cristera: 100 años
† Tiempo para conocer los acontecimientos que llevaron al conflicto armado y centrarse en preguntas sobre libertad religiosa, pertenencia, martirio y el dilema de los católicos que tuvieron que decidir entre resistir, combatir o permanecer fieles a su conciencia
La Resistencia Cristera no surgió de manera espontánea. Es necesario considerar las tensiones entre el Estado y la Iglesia tras la Revolución Mexicana, particularmente a partir de la Constitución de 1917, que estableció disposiciones sobre la educación, el culto, las órdenes religiosas, los bienes de la Iglesia y la participación de los ministros de culto en la vida pública.
Aunque durante el gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924) hubo una etapa de relativa distensión, la fe continuaba siendo parte fundamental de la vida familiar y comunitaria de amplios sectores de la población.
Para Jean Meyer, doctor e historiador, este sentido de pertenencia resulta clave para entender la Cristiada.
“Para muchos católicos, defender su fe significaba también defender una parte esencial de su identidad, su comunidad y su forma de vida”, mencionó durante la CXX Asamblea Plenaria con los Obispos de México.
En 1922, Pío XI asumió el Pontificado; tres años después, en 1925, el Papa instituyó la fiesta de Cristo Rey mediante la encíclica Quas primas. Para Pío XI, el reinado de Cristo no debía entenderse como un proyecto político, sino principalmente espiritual, relacionado con la vida de las personas.
Este dato adquiere especial relevancia al analizar posteriormente la Cristiada: la exclamación “¡Viva Cristo Rey!”, que se convertiría en una de las expresiones más representativas de los cristeros.
Jean Meyer insiste precisamente en este punto: “Los cristeros no pretendían convertirse en la Iglesia, conquistar el Estado ni llegar al poder [...] Su lucha estaba relacionada con la defensa de aquello que entendían como su libertad religiosa”.

De acuerdo con el Dr. Meyer, este año lo plasma como determinantes en la escalada del conflicto, particularmente por el intento de establecer una Iglesia Católica Apostólica Mexicana, separada de la autoridad de Roma.
El 14 de marzo de 1925 fue fundada la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, organización que inicialmente buscó enfrentar las medidas anticlericales por medios cívicos y pacíficos.
La tensión aumentaría al año siguiente con la aplicación de la llamada Ley Calles, que reglamentó las disposiciones anticlericales de la Constitución de 1917 y estableció nuevas restricciones para el ejercicio del ministerio sacerdotal.
La Santa Sede y el Episcopado Mexicano consideraron que estas medidas no podían aceptarse. Ante la entrada en vigor de la legislación, se determinó suspender el culto público.
La decisión profundizó la tensión. En distintos lugares del país comenzaron los enfrentamientos y los primeros derramamientos de sangre. Lo que había iniciado con organización civil y resistencia pacífica comenzó a transformarse, en diferentes regiones, en levantamientos armados.
El término “cristero” quedó asociado a los católicos que participaron en la resistencia armada entre 1926 y 1929.
Meyer muestra que detrás de aquellos hombres existían comunidades, familias, historias personales y una profunda identificación con la fe católica. Muchos procedían de comunidades rurales donde la Iglesia tenía una presencia central en la vida cotidiana.
El historiador recuperó particularmente el testimonio de Aurelio Acevedo, uno de los protagonistas de la Cristiada, quien participó en el levantamiento y posteriormente reflexionó sobre lo vivido.
Acevedo era un hombre de fe preocupado por el uso de las armas. Había tenido que combatir y acabar con la vida de otros mexicanos. En esa experiencia aparecía una contradicción difícil de resolver: ¿cómo podía un cristiano amar al prójimo y, al mismo tiempo, quitarle la vida?
La pregunta muestra que la Cristiada no fue vivida únicamente como una lucha entre dos bandos; para algunos de sus protagonistas también fue un profundo conflicto de conciencia.
Meyer ha denominado esta tensión como “la imposible lealtad”: la dificultad de permanecer fiel a distintas obligaciones cuando estas parecen entrar en contradicción.
En la conferencia “Lo que no te contaron de la Guerra Cristera”, impartida por el Pbro. Carlos Rocha Hernández, Vicario Canciller de la Diócesis de San Juan de los Lagos y capellán de la Guardia Nacional Cristera, se abordó el significado del martirio cristiano.
El sacerdote explicó que no toda persona que muere durante un contexto de violencia es, por ese solo hecho, un mártir. Desde la perspectiva cristiana, el mártir es quien entrega la vida por Cristo y por causa de la fe:
“No todos los cristeros fueron mártires ni todos los mártires de la persecución religiosa fueron combatientes”.
En el portal web de Opus Dei se define lo siguiente: “Los mártires son cristianos que dan su vida por mantenerse fieles en el seguimiento de Jesucristo. La palabra griega «mártir» significa “testigo”.
A casi un siglo de distancia, la Cristiada continúa planteando preguntas que van más allá de las fechas y los enfrentamientos.
El análisis de Jean Meyer permite mirar a los cristeros no solamente como hombres que tomaron las armas, sino como personas profundamente vinculadas con su fe, sus familias y sus comunidades. Su historia también muestra las contradicciones que enfrentaron cuando tuvieron que decidir entre resistir, combatir, obedecer o abandonar la lucha.
Las respuestas quizá no sean sencillas; la historia de los cristeros continúa interpelando casi un siglo después, porque detrás de la guerra hubo personas, y detrás de sus decisiones hubo una conciencia que, incluso después de terminados los combates, continuó preguntándose si aquello que habían hecho había sido correcto.
La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) inauguró un tiempo de memoria, reconciliación y reflexión histórica con motivo del centenario de la suspensión del culto público en 1926; en un mensaje, los obispos llaman a fortalecer la libertad religiosa, construir la paz y mirar el pasado sin resentimiento, pero sin olvidar la verdad.
Así lo expone el Pbro. Juan Javier Padilla Cervantes, Secretario Ejecutivo para la Pastoral de la Comunicación (CEPCOM), en un artículo publicado para Red Católica el 1 de agosto, y como a continuación lo retomamos.
Al cumplirse 100 años de la entrada en vigor de la llamada Ley Calles y de la suspensión del culto público en México, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) publicó el mensaje: “Callaron las campanas de los templos, habló su sangre. Memoria de nuestros mártires, libertad religiosa y construcción de la paz”.
En el documento, fechado el 31 de julio de 2026, los obispos explican que esta conmemoración no busca reabrir heridas ni alimentar divisiones, sino ofrecer una memoria agradecida y sanadora, capaz de fortalecer la reconciliación nacional y orientar a las nuevas generaciones. Recuerdan que el conflicto religioso iniciado en 1926 representó uno de los episodios más dolorosos de la historia contemporánea de México y marcó profundamente la vida de la Iglesia y del país.
Los obispos subrayan que la conmemoración no exalta la violencia ni las armas, ni pretende reivindicar una victoria política. Por el contrario, afirman que recuerda la fidelidad de miles de creyentes que mantuvieron viva la fe durante la persecución, el testimonio de los mártires que entregaron su vida perdonando a sus perseguidores y la enseñanza de que la libertad religiosa constituye un derecho humano fundamental para todas las personas.
El mensaje reconoce además que el conflicto representó una herida fratricida, pues enfrentó a mexicanos contra mexicanos. En ese contexto, los pastores reconocen que también la Iglesia debe mirar su propia historia con humildad, pedir perdón por aquello que le corresponda y favorecer procesos de reconciliación, al tiempo que sostienen que la persecución religiosa fue una realidad histórica que no puede ser silenciada.
La CEM reconoce los avances alcanzados en México desde las reformas constitucionales de 1992 y la promulgación de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, así como la reforma al artículo 24 constitucional. Sin embargo, advierte que la libertad religiosa todavía enfrenta limitaciones, entre ellas restricciones al ejercicio público del culto fuera de los templos, impedimentos para que las asociaciones religiosas accedan a concesiones de radio y televisión, y diversas limitaciones para la presencia pública de las convicciones religiosas.
El Episcopado destaca que esta conmemoración ya comenzó a vivirse en parroquias y diócesis del país gracias a la participación de familias, jóvenes, catequistas y comunidades laicales. Entre las iniciativas previstas se encuentran jornadas de oración por la paz, peregrinaciones, congresos académicos, publicaciones históricas y la serie de catequesis “Testigos del Reino”, destinada especialmente a las nuevas generaciones.
Al concluir el mensaje, firmado por Mons. Ramón Castro Castro, Presidente de la CEM, y Mons. Héctor M. Pérez Villarreal, Secretario General, los obispos invitan a todos los mexicanos a mirar esta etapa de la historia con esperanza, convencidos de que la memoria auténtica permite nombrar la verdad sin odio, perdonar sin olvidar y trabajar por una nación donde la dignidad humana, la libertad de conciencia y la paz sean plenamente respetadas.

Licenciado en Comunicación
Productor audiovisual de Luz de Luz
Fotoreportero, camarógrafo, editor audiovisual
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