PROVINCIA ECLESIÁSTICA DE HIDALGO

Pbro. Lic. Oscar José García, Autor Luz de Luz

† El Credo tiene su origen en la proclamación personal de fe del que va a ser bautizado



«La Profesión de fe tiende a que todo el pueblo congregado responda a la Palabra de Dios proclamando en las lecturas de la Sagrada Escritura y explicada en la homilía y, para que, pronunciando la regla de la fe con una fórmula aprobada para el uso litúrgico, traiga a su memoria y confiese los grandes misterios de la fe, antes de comenzar su celebración en la Eucaristía» (IGMR 67).

El Credo tiene su origen en la proclamación personal de fe del catecúmeno que va a ser bautizado. 

Se le llama «credo» porque así comienza en latín: «Credo in unum Deum...»; también se le llama «Símbolo de la fe», es decir, lo que nos une en la fe. 

No es una oración, ya que no nos dirigimos a Dios, ni le pedimos nada, sólo estamos profesando públicamente en lo que creemos.

Existen tres fórmulas para recitar nuestra profesión de fe: el Credo de los apóstoles, el Credo Nicenoconstantinopolitano y la Fórmula Bautismal.

Credo de los apóstoles

Su origen es antiquísimo, aunque no totalmente preciso; es más corto que el Nicenoconstantinopolitano y se recomienda usarlo en tiempo de Cuaresma y Pascua.

Credo Nicenoconstantinopolitano

En el año 451, el Concilio de Calcedonia hizo un resumen de la fe expresada en los dos primeros concilios, Nicea en 325 y Constantinopla, en 381; de ahí su nombre de Nicenoconstantinopolitano; durante muchos siglos fue el único usado en la liturgia.

Fórmula bautismal

Como su nombre lo dice, se usa en el sacramento del Bautismo, en la Vigilia Pascual, cuando hay renovación del Bautismo y en el tiempo pascual; está redactada en forma de preguntas en plural y respuestas en singular.



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Necesitamos encontrarnos con Dios para escucharlo



Pareciera contradictorio que Sacrosanctum Concilium, en el No. 30 nos diga que para promover la participación activa en la asamblea debe guardarse a su debido tiempo el silencio sagrado, ya que para nosotros el silencio es algo pasivo, meramente ausencia de sonidos.

La Introducción General del Misal Romano (IGMR) dice: «La liturgia de la Palabra debe ser celebrada de tal manera que favorezca la meditación, por eso se debe evitar absolutamente toda forma de apresuramiento que impida el recogimiento. En ella son convenientes también unos breves momentos de silencio, acomodados a la Asamblea reunida, en los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, se perciba con el corazón la Palabra de Dios y se prepare la respuesta por medio de la oración» (IGMR 56).

El silencio sagrado es el «momento del Espíritu»; vivimos en un mundo de muchos ruidos internos y externos, necesitamos el silencio para encontrarnos con Dios, para escucharlo, para que su Palabra resuene en nuestro interior y dejar que el Espíritu actúe en nosotros.



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Pbro. Lic. Oscar José García

Continuando con nuestro artículo sobre la homilía, hablamos ahora sobre tres rasgos indispensables que debe tener.

Debe partir siempre de la Palabra de Dios que se ha proclamado; debe estar en relación directa con el sacramento, ya que es proclamada en un contexto litúrgico-celebrativo especial: sacramento, tiempo, fiesta.

Debe estar dirigida a un pueblo concreto, con un lenguaje, características culturales, experiencia vital, situación concreta.

Tampoco es una exposición de experiencias o vivencias personales, un momento de avisos o regaños, un momento interminable de repetición de ideas.

La homilía es: anuncio-kerygma; enseñanza-didascalía; exhortación-paráclesis o parenésis; introducción al misterio-mistagogia

La homilía debe decirse desde la sede o desde el ambón, nunca desde el altar ni mucho menos paseando por el pasillo central de la asamblea como si se tratara de una charla o plática común. 

No se privilegien los supuestos argumentos “pastorales” sobre el verdadero sentido teológico del misterio.


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Por: Pbro. Oscar José García

Existen varias formas de cómo los lectores pueden dirigirse al ambón para la proclamación de la Palabra.

La primera consiste en que todos los lectores, con sus manos juntas, se dirigen hacia el altar y hacen reverencia, luego se dirigen hacia el ambón y sube el de la primera lectura. 

Cuando ha terminado, sube el salmista y así sucesivamente; al terminar todos se dirigen nuevamente hacia el altar para hacer juntos la reverencia. 

Es muy importante notar que sólo harán dos reverencias: al principio y al final de su proclamación frente al altar todos juntos.

La otra es que todos los lectores, con sus manos juntas, se dirigen hacia el ambón: el que hará la primera lectura hace reverencia hacia el altar y sube a proclamar. 

Terminada su lectura baja y juntamente con el salmista hace la reverencia hacia el altar y sube el salmista, y así sucesivamente.

Y la última: los lectores van pasando de uno en uno hacia el ambón; es decir, al terminar la oración colecta se sientan y sólo el que hará la primera lectura se dirige al ambón, hace su reverencia hacia el altar y proclama. 

Terminada la lectura se dirige a su lugar y hasta que se sienta se levanta el salmista para dirigirse al ambón. 

Esta tercera forma algunos sacerdotes la consideran muy tardada por los tiempos que hay entre una y otra lectura; sin embargo, hemos de tener en cuenta lo importante que son los breves momentos de silencio sagrado entre una y otra lectura.


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