† La intención es que se desarrollen actividades que nos permitan acercarnos mejor a la Palabra de Dios
Durante el mes de septiembre la Iglesia celebra el mes de la Biblia, el mes de la Sagrada Escritura. La intención es que en todas las comunidades cristianas se desarrollen actividades que nos permitan acercarnos mejor y con mayor provecho a la Palabra de Dios.
La Comisión Episcopal para la Animación Bíblica de la Pastoral ha editado un subsidio para guiar la lectura y meditación del la Palabra Dios para este mes, titulado: “La Iglesia construye la paz desde su testimonio”.
Este tiempo constituye una oportunidad privilegiada para renovar el compromiso de conocer, escuchar, meditar, celebrar y vivir la Palabra de Dios como fundamento de toda la vida cristiana y de la acción evangelizadora.
Se propone un itinerario inspirado en dos ejes pastorales que iluminan la vida y la misión de la Iglesia en el presente trienio: la promoción de la cultura vocacional y la construcción de la paz.
Toda vocación viene de la escucha de la Palabra y toda paz verdadera tiene su origen en Cristo Jesús Resucitado que continúa diciendo a sus discípulos: «La paz esté con ustedes» (Jn 20,19).
Este camino se enriquece con el testimonio de los santos mártires cristeros, quienes sostenidos por la Palabra de Dios dieron su vida como testigos fieles de Cristo y sembradores de esperanza para nuestro pueblo.
Se ofrecen cinco catequesis para llevar a cabo el itinerario de reflexión: la paz, el testimonio evangelizador, la dimensión samaritana de la parroquia el servicio como camino para desarmar la violencia y la identidad de los discípulos de Cristo llamados a ser constructores de paz.
En la cuarta reflexión: “Les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo”, desarmar la violencia sirviendo, se propone el Evangelio de San Juan (13,1-16) «Luego echa agua en un platón y se puso a lavar los pies de sus discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Le dice Simón Pedro: ‘No me lavarás los pies jamás’. Jesús le respondió: ‘Si no te lavo, no tienes parte conmigo… Pues si yo, el Señor y el Maestro les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies los unos a los otros. Porque les he dado ejemplo para que ustedes hagan como yo he hecho con ustedes’».
Este pasaje conocido como el lavatorio de los pies presenta cómo Jesús, consciente de su inminente partida hacia el Padre, utiliza gestos simbólicos para demostrar su señorío con un amor extremo y ofrecer un modelo de servicio a sus discípulos.
Se demuestra que el lavatorio de los pies (y la cruz que prefigura) no es un accidente ni una derrota, sino una acción soberana, libre y profundamente consciente con la que Jesús decide enfrentar la traición de Judas usando el amor hasta el extremo.
Los gestos: se levantó de la mesa, se quita sus vestidos, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un platón y se puso a lavarles los pies…, encierran un profundo simbolismo teológico que va más allá de una simple lección moral de humildad.
Estos movimientos físicos traducen el amor incondicional a los suyos y el conocimiento de Jesús de lo que está por venir. Manifiesta el amor hecho servicio incondicional, el amor a los suyos y la plena conciencia de su origen y destino divino desembocan en la acción de un siervo.
Al ceñirse la toalla y echar agua en la palangana manifiesta una actitud de servicio sin reservas, simbolizando el don total de sí mismo que pronto realizará al entregarse en la cruz. Su abajamiento demuestra que la encarnación y muerte no son una derrota, ya que asume el lugar del que sirve sin perder el señorío y la majestad que le confiere la condición de Hijo de Dios.
La tensión con Pedro es una profunda lección teológica sobre la salvación, la comunión con Cristo y la necesidad de aceptar su entrega en la cruz. Pedro reacciona por considerar este servicio como algo indigno de Él.
Su mentalidad humana no toleraba que el Mesías se rebajara de esa manera. No entendía que dejarse lavar era indispensable para formar parte de la dinámica del amor incondicional y autodonación que Jesús estaba a punto de consumar en la cruz.
Lavar los pies es un gesto que resume la revelación de Dios, un signo ejemplar del Verbo hecho carne. Al asumir la condición de siervo, el Hijo revela la Gloria del Padre, demostrando los criterios mundanos que ensucian nuestra conciencia.
Porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión; siempre estamos tentando a buscar un Dios que nos sirva, que nos haga ganar, que sea útil como el dinero y el poder. En cambio, no comprendemos que Dios, en efecto, nos sirve, sí, pero con el gesto gratuito y humilde de lavar los pies: he aquí la omnipotencia de Dios.
Con su gesto, Jesús no solo purifica las idolatrías y blasfemias que han mancillado la imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen que nos hemos hecho del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido.
Cristo nos da un ejemplo de entrega, de servicio y de amor. Necesitamos su ejemplo para aprender a amar, para educarnos y educar a los demás en el verdadero amor. El Señor nos lava para que podamos corresponder a su amor.
Este pasaje concluye con una bienaventuranza: «Sabiendo esto, dichosos serán si cumplen». Jesús rechaza el ritualismo vacío (como cuando Pedro creyó que era un simple rito y pidió que le lavaran también las manos y la cabeza), la verdadera felicidad del creyente surge cuando el conocimiento profundo del amor de Dios desemboca en la acción hacia los demás.
Recomendamos, durante el mes de la Biblia, continuar con las reflexiones que el subsidio nos ofrece.
† Es momento de poner énfasis en la importancia que debe tener la Palabra de Dios en nuestra vida
Muchos me dicen que tienen niños pequeños y que si creo que se pueda leer y estudiar la Biblia en familia, y mi respuesta siempre es: ¡Claro que se puede! Solo es cuestión de organizarnos.
La Iglesia ha establecido el mes de septiembre como el mes para poner énfasis de la importancia que debe tener la Palabra de Dios en nuestra vida.
Hemos dicho muchas veces que la mejor forma de educar es con el ejemplo, así también, la mejor forma de enseñarles a leer la Biblia es hacerlo en familia.
La idea es que sea una Biblia grande, con letra adecuada para que todos la puedan leer.
De preferencia que sea la Biblia de Jerusalem o la Latinoamericana, que tienen traducciones claras y entendibles para todos.
En casa tenemos una que nos regalaron cuando nos casamos y tiene además las pastas gruesas, esto ayuda a que su manejo sea seguro.
Para que sea más fácil su uso podemos adaptarle unos separadores hechos a base de listones delgados pegados en un cartón, y se le pueden meter entre la pasta y las hojas para dejar señalado donde nos quedamos y así al día siguiente comenzar fácilmente.
También es bueno poner la Biblia en un lugar especial, a la vista de todos y cerca de donde convivimos más; puede ser entre el comedor y la sala, o a la entrada de la casa, la idea es que tenga un lugar especial.
También puedes imprimir algunos dibujos para los más pequeños de casa, para que mientras los demás leen ellos iluminen algo acorde a la lectura.
Tener un horario para cada actividad siempre es muy bueno, y también lo es para la lectura de la Biblia.
Primero que nada debemos establecer cada cuanto la vamos a leer y de ahí sale también por cuanto tiempo lo vamos a hacer; es decir, podemos leerla una vez por semana y leer un capítulo completo, o podemos leerla diario leyendo sólo uno cuantos versículos, y esto nos permitirá establecer un horario fijo para la lectura de la Biblia.
Nosotros intentamos leerla a diario, pero cuando no podemos hacerlo pues también se lo ofrecemos a Dios, pero sí buscamos tener el tiempo para hacerlo.
Cuando tenemos hijos es muy bueno que desde pequeñitos se acostumbren a leer la Biblia.
Podemos decir que desde que aprenden a leer debemos dejarlos que participen en la lectura de la Palabra de Dios.
Por supuesto que será solo un vehículo, pero con eso los acostumbramos muy bien al uso de la Biblia.
También es bueno que todos participemos no solo en la lectura, sino en el discernimiento de lo que nos ha querido decir Dios en esas líneas, porque de nada sirve solo la lectura, es necesario aplicarla a nuestras vidas.
Cuando nuestros hijos estaban muy pequeñitos buscamos una Biblia para niños que tuviera dibujos claros y pocas letras para que comenzaran a conocerla.
La verdad es que les gustaba mucho, y cuando nosotros leíamos nuestra Biblia ellos leían la suya y así relacionaban los libros que forma la Biblia y tenía idea de que trataba cada uno.
La verdad es que entre más pequeños los iniciemos en la práctica de leer la Biblia, es más fácil que a nuestros hijos se les haga ese hábito y les dé gusto hacerlo y de grandes sigan con esa bella y muy buena costumbre.
Leer en familia la Biblia es algo que no tiene precio porque es compartir la Palabra de Dios y aplicarla a nuestra vida familiar. ¡Animémonos a leer la Biblia en familia!
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